Aún en invierno, el romanticismo de Europa encanta y más aún si seleccionamos un escenario rodeado de mar, playas, puerto y casitas que se aglomeran entre sí separadas por pequeñas callecitas empinadas tal como lo percibimos al visitar la isla de Capri, en Italia.
Esa mañana llegamos al puerto de Napoli y embarcamos rumbo a esta isla. En menos de una hora, ya estabámos atracando y las gaviotas daban la bienvenida a los turistas que de diversísimos lugares estabamos allí. En pleno diciembre el sol brillaba y no había una nube que pensara opacarlo, no hacía frío salvo en momentos de brisa y al desembarcar caminamos hasta otro bote. Era más pequeño y nos esperaba para darnos una vuelta alrededor de la isla y mostrarnos una perspectiva del romanticismo que Capri ofrece. Iniciamos en el área sombreada de esta pequena isla, que a pesar de su tamano, se eleva imponente de roca que invita a verla desde lo más alto cuando desde el mar la apreciamos. Una curiosa estatua de un joven saludando desde una roca que, dependiendo del lugar donde se aviste, se confunde con una persona real; lo delata su quietud; era la que nos daba un saludo inicial. Vamos girando y el sol empieza a darnos su calor y luz que exalta la cara oriental de la isla. Aguas ultracristalinas y cuevas diversas con acceso por escaleras se observan y nos indican que algunas de estas cuevas tienen altares religiosos del cristianismo. El dramatismo lo ofrece el tipo de roca que compone esta isla, la naturaleza tomó su tiempo para hacer trazos en su superficie, tuneles y pequeñas rocas que en pareja salen del mar y nos coquetean con su belleza. Una de ellas ha creado un túnel natural y se ha covertido en un rito; toda vez que el capitan del bote se prepara para atravezarlo y el guía nos habla. Cuenta sobre este túnel de los enamorados y nos invita a besar a nuestras parejas mientras lo cruzamos como un ritual para lograr el amor eterno y así....todos sucumbimos a este ritual.
No acabamos de pasar este túnel y empezamos a observar impactantes casas que, arquitectónicamente se enclavan en la roca y resaltan artificialmente la obra natural logrando el asombro del observador. Tristemente sus dueños, figuras públicas del cine y la moda, casi nunca estan allí. Al atracar, tomamos el pequeño autobus, ascendemos por la diminuta carretera en la que nos comentan que es normal que los vehículos en Capri estén golpeados en sus laterales precisamente por la dificultad al momento de cruzarse en la vía. De todas formas, ha sido magistral como lograron adaptar el espacio a las necesidades y adecuar vivienda, comercio, transportación y demás infraestructura en este empinado espacio.
Ya en el medio de la ciudad y en lo más alto de la isla aparecen los paisajes más impactantes. Arquitectura enmarcada en el manejo de pequeñísimos espacios, panorámicas de entorno y casi en lo más alto; el restaurante. Después del alimento para la vista y el espíritu, alimento para el cuerpo.
Fue una grata experiencia de un día que cerró con un hermoso atardecer de regreso al puerto de Napoli. Vale la pena visitar Capri para quienes gustan de lugares tranquilos, románticos y sobretodo naturales.
